El Culebrero
Jorge Aníbal Villegas, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Bogotá, 1986.
Introducción. Manuel Hernández B.
LAS ORACIONES DE VENTA
Venta de la contra con los 7 metales vírgenes hindúes
Venta de la pomada indostánica
Venta del libro de recetas medicinales
LOS ALIMENTOS
Trabaja en el Astor
El dulce cubano
LA INFANCIA
Infancia
Vendedor de periódicos de Medellín
LA VIDA
Vendedor ambulante de Medellín
Primeros contactos con los culebreros
LOS MONSTRUOS
El corazón de piedra, los monstruos niños y la momia enana
LA SALUD, LA ENFERMEDAD Y LA MUERTE
Trabajo en el hospital
Alcohol y viajes
El suicidio
INTRODUCCIÓN
Los textos que se presentan a continuación hacen parte de una investigación realizada por Jorge Villegas Arango, durante el lapso comprendido entre 1976 y finales de 1977, cuando falleció en Bogotá. Fue investigado Francisco Correa Múnera, colombiano de 66 años, quien desde muy niño tuvo que trabajar para sobrevivir.
Al lograr cierta noción de las cosas decidió hacerse "Culebrero", es decir, fundamentalmente, mediante el sistema de ofrecer curación a las enfermedades del pueblo, especialmente a los niveles de población analfabeta y campesina, o recién llegada a la ciudad, como el propio Correa, atrayendo a las gentes, además por excitación de la curiosidad de que alguien conociera secretos no divulgados para sanar a los enfermos o evocando una sabiduría pretérita, lo que en el caso de nuestro país, tiene que ver con la condición étnica de nuestras mayorías populares que son mestizas de blanco europeo e indígena en un proceso, cuyos interesantes perfiles se alcanzan a ver en el testimonio de este hombre.
Los 60 años de vida consciente de este hombre desfilaron por las páginas de la investigación. Este trabajo se hizo mediante el uso de la grabación magnetofónica, invitando al sujeto a narrar su vida. El propósito se veía frecuentemente demorado y obstaculizado por algunas resistencias del "Culebrero" a entrar en plena confianza y por la mezcla de dos niveles que es difícil separar y donde justamente interviene un cierto sabor de ficción que hace la totalidad de la investigación y los textos seleccionados especialmente sugerentes del pasado del pueblo, incluyendo su imaginación y su sensibilidad. Estos dos niveles son la sincera exposición de su vida, respetando y enriqueciendo anécdotas en la medida que avanzaba el trabajo y crecía la confianza del "Culebrero2 y el otro nivel lo constituyen los momentos donde se lograba crear el clima necesario para que el "Culebrero" narrara algunas de las composiciones que construía, improvisaba o variaba para vender sus medicamentos.
Se destaca el hecho que la vida de este hombre constituye una especie de "registro sísmico" de las diferentes épocas y traumatismos de la historia de los últimos cincuenta años de Colombia.
El "Culebrero" aparece en la plaza como una mezcla de divulgador y comunicador. En 1930 Colombia se demoraba para definir el tiempo de vías que irían a romper el ancestral distanciamiento entre zonas climáticas, regiones de colonización común, provincias divididas políticamente y pueblos entre sí. Se construyeron tramos de ferrocarril que durante años no se interconectaban. Se abrían carreteras que el descuido y la naturaleza tropical volvían a cerrar. En ese momento el "Culebrero" se apropia de los primeros medios de comunicación: el tren, el bus, el megáfono o ampliador de la voz y busca comunicación que compensa la modernidad, y que se logre poner en contacto con el inconsciente colectivo, y para eso, busca la culebra. Enemiga del colonizador, abundante en especies y variedades en las zonas selváticas a donde se había ido retirando (hoy todavía lo hace), el indígena más o menos puro y del que se suponía, como ya se dijo, que conservaría alguna sabiduría pagana o "diabólica", como lo expresaba la Iglesia Católica en documentos muy recientes, para conjurar la enfermedad y conservar la independencia y la vida misma. Igualmente en la teología cristiana es la culebra una de las formas que toma el mal para que las primeras criaturas caigan en el pecado original.
Para el ejercicio de su "profesión" Correa desarrolló una aguda visión de las contradicciones que existían en su derredor y las transformaba en un don de persuasión. Su testimonio es una mezcla de picardía y vida ejemplar. Nunca arrojó sobre la sociedad nada distinto a imaginación, inventiva y un perenne candor que hace de estos textos una especie de recolección de literatura popular proveniente de un solo receptor o intermediario, que hacía las veces de juglar de la edad media mezclado con el curandero de la tribu y el sacerdote de una religión que cada vez se imponía más en su época dorada: la modernidad.
"El propagandista" se le decía, propagaba, incluso, la medicina de laboratorio; que era su competidor y su auxiliar. "La excelencia del producto" que hoy afana a los agentes de publicidad, su apariencia evocadora de lo que la gente quiere ver y oír, y en general el ofrecimiento de un bienestar a cambio de dinero por el producto alabado, tienen su antecesor en el culebrero.
Producto de su medio y persona capaz de lograr la aceptación del mismo sin más palanca que su propia capacidad de creador oral, teatral y mágico el culebrero está en el fondo de nuestros recuerdos populares y aún en nuestra literatura.
García Márquez, en todos sus escritos, coloca como en un segundo plano a este hombre que acompaña como una sombra la credulidad y el escepticismo de nosotros los colombianos.
Esta investigación saca de este segundo plano al culebrero y lo vuelve protagonista de sí mismo y de todos, como un ente novelado.
Los textos seleccionados quieren ofrecer una visión de la riqueza de este material y a la vez de la importancia del tema. Hoy se presentan acompañados de un conjunto de recreaciones del material o en otras palabras traducciones de la atmósfera del texto al lenguaje plástico. Desde la mitología azteca, pasando por la zoología fantástica y la teología cristina, hasta los encantadores de serpientes que constituyen una casta aparte de la India, la culebra ha significado muchas cosas, incluyendo el símbolo del caduceo donde el animal entrega su veneno, su
capacidad de muerte y el hombre la transmuta en antídoto, en remedio, en conquista de la vida.
El testimonio de Correa y la intención de provocar, mediante la investigación, este testimonio, es una bella metáfora de cómo un hombre, individuo y símbolo de su pueblo, vence al abandono y la precariedad de sus medios de vida para construir esta carta de viaje, sincera y popular. Se aprecia que los textos sobre "viajes, salud y demás", están en estado "bruto" o sea, pueden ser leídos tal y como sucedió la grabación. La forma de trabajo del investigador y mucho de la "literatura oral" o forma de narrar del investigador quedan así, patentes. Entre estos textos y los iniciales colocados al comienzo de este libro, hay una diferencia: los segundos han sido modificados por la labor paciente de Villegas de suprimir repeticiones y modismos para darles una estructura narrativa.
Entre unos y otros se puede apreciar la diferencia de un material antes y después de pasar por un tamiz, sin duda valioso. La expresión del "Culebrero", pues, permite diferentes aproximaciones y en este modo nos sentimos en condiciones de entregar las dos más extremas. Hay otras posibilidades que son susceptibles de un trabajo posterior. No debe olvidarse que la investigación en su totalidad abarca de setecientas páginas de transcripción y material fotográfico.
Las atmósferas del espectáculo que el culebrero monta son imposibles de transcribir en palabras. Algo de magia, teatro y poseía tiene que haber en la decisión del culebrero de iniciar su oficio un día, en una plaza de una ciudad o de un poblado.
Esta anotación se hace con el criterio de invitar al lector del material a reflexionar sobre la abundantísima serie de factores que hay que explicar para llegar a un estado de comprensión satisfactorio de lo que significa este material no sólo para estudiosos de la vida social e individual de los colombianos sino sobre las maravillosas relaciones entre estos dos niveles en la escala de lo popular, por oposición el documento y la vivencia, a lo elitista. Describir este material del culebrero y llevarlo a una forma que pueda ser publicado y apreciado en su totalidad es tarea que implica en buena medida sacarlo de dentro de nosotros mismos, así de indisolublemente pegado se halla a nuestro ancestro social y particular.
Una pregunta sobre Jorge Villegas, investigador: ¿Por qué realizó esta investigación? Porque entendió que la vida del hombre colombiano era o estaba o está atravesada por una dicotomía: que el mayor esfuerzo de nuestras instituciones sociales se centraba en no permitir una comunicación entre los colombianos de "cierto nivel" y el pueblo del cual habían surgido. La Iglesia, el Estado, la cultura de lo artístico, se fijaron metas alejadas de la expresión popular.
El hombre del pueblo se veía pues obligado a hacer un esfuerzo descomunal para contrarrestar la fuerza contraria. No hubo durante muchos años ni una sola oportunidad de hacer público, mediante los estímulos e instrumentos de la comunicación moderna, el mundo de lo popular. Aún en 1950, un 70% de la población vivía en el campo y no existían los receptores de radio equipados con transistores, ni la televisión. Así las cosas, surge como tema o centro de interés, el "Culebrero" y surge así mismo el investigador que quiere dejar plasmado "ese mundo". Se ha intentado dar una respuesta a la pregunta formulada, describiendo el surgir simultáneo del objeto a investigar y el investigador. Esta disciplina ajustada pero que difícilmente puede recibir el nombre de científica, es el resultado de una experimentación en y sobre el ser social. El material que se produce después de estas experiencias con el pueblo y su memoria consciente, historia sencilla o con sus archivos inconsciente especie de yo colectivo, se acerca a una especial emoción que es a la vez la expresión síntesis fruto de la madurez, el arte. Estos textos son a la manera de cuentos de Rulfo, texturas de Guimaraes Rosa, atravesados por la fábula o habla escuchada en centurias de tradición oral de una García Márquez. Sólo para abundar en persistencia y realismo el escucha intermedio se retira sin añadir nada distinto a su magia de amanuense y surge entonces ese material de crónica apto para convertirse en un conjunto de símbolos que nos ayude a identificar; porque, como tal vez sea oportuno repetirlo, somos nosotros mismos los protagonistas de este oficio de culebreros; es de nosotros mismos de quien se habla aquí. No es el antropólogo describiendo fríamente la conducta del indígena, es la suma de esfuerzos del indígena que llevamos dentro por expresarse y la primera ocasión feliz en que un oído nuestro se ha disputado llanamente a escuchar, procesar y transmitir este mensaje.
MANUEL HERNÁNDEZ BENAVIDEZ
Bogotá, junio de 1979
1- VENTA DE LA CONTRA CON LOS 7 METALES VÍRGENES HINDÚES
Hágame el favor caballero y se me corre para allá un poquito, la señora también, el niño no se me siente ahí mijito, vamos abriendo la rueda estimadas damas y caballeros porque necesito espacio amplio para extender esta serpiente, este peligroso animal que voy a pararlo en la punta de la cola por medio de un secreto porque, mire, yo soy el hombre conocedor de muchos secretos, soy viejo de 70 años y cuando tenía la edad de 10 me interné en la selva con el indio Paramachula, el cacique Pinipiguasca y la india María Chuspazuli. La india se encaramó a un árbol y le metió un machetazo, del árbol empezó a brotar leche y la india la agarraba en un calabazo, yo no sabía para qué servía y le pregunté a Paramachula que me respondía: Matarru matarra, queriendo decir, palabra indígena, que la
india era sabia y bruja, porque la india cogía esa leche y se la daba a un hombre y así como el árbol sin leche se iba secando así también el hombre que la bebía se iba secando. Secretos de la Madre Naturaleza. Mire señor, yo soy de acá del departamento de Antioquia de una tierra muy pequeña donde no se mata a nadie con cuchillo ni con revólver, no señor.
Cuando tenemos un enemigo que se llama Arturo, por ejemplo, cogemos un sapo, le cosemos la boca y lo bautizamos con el nombre de Arturo y lo enterramos. El sapo empieza a penar y Arturo, pena; muere el sapo y Arturo muere. Así es señores. Mire, en los llanos Orientales a un llanero que le roben el caballo o le roben el ganado no corre a denunciarlo a la policía.
El llanero conoce el secreto de la puya de raya. Llega el llanero con la puya al lugar donde pisó el ladrón y hace una cruz sobre la pisada con la puya y reza una oración. A los poquitos días regresa el ladrón con una llaga en forma de cruz; si el llanero se la quiere curar le hace un soplo y se la cura, si no, lo deja así para sécula seculorum, con esa llaga para toda la vida, compadre. Y muchas otras cosas porque en esta larga vida que he vivido he aprendido tantos secretos, he visto tanta maldad en el ser humano que usted no se lo imagina, compadre. Porque hay gentes buenas pero también hay gentes malas. Hay gentes de buenas pero hay muchas gentes que son de malas, que nacieron saladas o que las salaron. Porque hay quienes consiguen plata de la noche a la mañana, en cambio hay otros que ponen un negocio y fracasan. No todas las suertes son iguales. Hay ojos buenos y hay ojos malos. Hay gentes que pasan por un jardín y lo secan, lo apestan.
Mire señor que hasta para pedir limosna se necesita suerte, hombres que roban y son honrados senadores y padres de la patria y hay hombres que no han robado y están pudriéndose en las cárceles porque son de malas. Mire compadre, dos médicos que estudiaron lo mismo y en la misma parte, que fueron compañeros de clase, mientras el uno mantiene el consultorio lleno al otro no le entra nadie ¿Por qué? Porque a éste cuando opera se le muere el paciente. Y la gente pregunta ¿Quién lo operó? El doctor Rodríguez, pues claro tenía que morirse. Y si bien que le van a llevar un enfermo dicen ¿Dónde el doctor Rodríguez? No vas allá, por Dios, que no regresas vivo. Ese médico es de malas. Hay niños que nacen muy bonitos y de la noche a la mañana amanecen con los ojitos dañados, porque hay mal de ojos. Gente que tiene un negocio y vende mucho pero de repente el negocio para atrás. Le salaron el negocio, le tiraron una porquería. Vea, acá en Medellín hay un señor que trabaja en el Hotel Nutibara, que tuvo mucho dinero, mucha plata y hoy lo veo dizque de mesero en un hotel ¿Por qué? Porque ese señor se
encontró por ahí con una mujer que le dijo que lo quería mucho, lo cogió y le dio una porquería que lo embobó y le quitó todo lo que tenía y hoy ella está viviendo por ahí con un muchacho de 18 años. Cuídese compadre que este mundo está lleno de maleficios y de mala suerte. Los indios que conocen los secretos de la Madre Naturaleza desde que nacen cargan su contra, su amuleto, que los preserva del mal y los vuelve de buenas. Esto me lo enseñó el indio Paramachula y el cacique Pinipiguasca quienes me dieron el secreto del amuleto con los 7 metales vírgenes hindús inradiados que lo defienden a usted contra envidias, calumnias, porquerías, rezos, alumbrados, maleficios, hechizos, tomizos, bebedizos y traiciones. Es usted de malas en el juego, de malas en el amor, juega la lotería y pierde, juega chance y pierde, tiene su negocio y va para atrás, todo lo
que usted hace pierde, cuídese señor, a usted le han tirado sal. Quiero ayudarle amigo. Cárgueme este, mi secreto. Cárgueme con fe esta mara, esta contra para que tenga suerte en el amor y en los negocios. Todos los que han triunfado en la vida cargaban su contra, el mismo Bolívar cargaba la suya, Leonidas Lara cuando murió fueron a verlo los hermanos y le encontraron su herradura vieja colgada en el pecho, también tenía su agüero. Todos en el mundo tenemos agüero. Tenga fe en Dios, crea en los secretos y cárgueme esta contra, amigo. Esto no le sirve a todo el mundo, hay que tener fe. El que no tenga fe que no la lleve. Para todo hay que tener fe, caballero, si usted va a una iglesia a pedirle a un santo, a sobornarlo con una veladora pa’ que lo socorra pa’ que se gane la lotería usted tiene que ir con fe, si no nada le sirve.
Si tiene fe me vas a pagar este mi secreto, me vas a apuntar la hora y el día en que te lo entrego porque te digo: líbrate del hechizo, líbrate del tomizo, líbrate del bebedizo, líbrate de envidias y calumnias, líbrate de sales. Cubre como lo cubrió Nuestro Amo Santísimo dentrando a las puertas de Jerusalén. Ahora damas y caballeros prestadme atención porque le voy a dar el rezo y la bendición a este mi secreto, la contra de los 7 metales vírgenes hindús inradiados: Oh hermosa piedra que anduviste con la samaritana, que al sol tu hermosura le diste, yo te desahumo con oro para mi tesoro, con plata para mi casa para que no falte dinero ni pan ni techo para mis hijos. Que Dios bendiga la mirra, que Dios bendiga el altar, que Dios bendiga la cama donde te vas a acostar. Espíritu espíritu espíritu. Oh hermosa piedra que anduviste por tierras y por mares sufriendo amarguras, traiciones y desengaños, quiero que la persona a quien entregue, este mi secreto, no tenga traiciones, amarguras ni desengaños. Espíritu espíritu espíritu. Estas palabras las digo con toda fe en el dulce nombre de Jesús María y José. Padre Hijo y Espíritu Santo Amén.
2- VENTA DE LA POMADA INDOSTÁNICA
He aquí el comienzo de la venta de la Pomada Indostánica:
"Ustedes no saben cómo es mi nombre, porque mi nombre sólo está escrito en nuestra madre: la madre Naturaleza, que es lo más hermoso, lo más querido. La que me ha enseñado a intername en las grandes selvas del Putumayo y el Carare. Mire usted, ahora dicen muchas personas que la culebra. No se preocupen que ya casito la saco. Está escondida, me la fueron a traer. Pero, yo no conozco culebra más grande que la lengua que les está hablando, mi estimado amigo. Espérese un momentico para que vea usted lo que es secreto y lo que es ventaja. Lo que es irradiase uno con los espíritus divinos para principiar a trabajar aquí en estos sitios, donde todos llegan, miran, se van y nadie paga. Porque ninguno tiene que pagar por la dentrada y mucho menos la salida, mi estimado compañero. Yo no les voy a cobrar ni veinte ni quince ni diez ni cinco. Póngale mucho cuidado. Eso sí, la persona que no haya dejado el burro amarrado, de pronto puede que corcovee y le derrame la mazamorra. Voy a clavar la rodilla en tierra y voy a presentales una serpiente que ustedes no conocen. ¿Saben cuál es la serpiente que ustedes no conocen? La que van a ver aquí dentro de poquísimos instantes, porque yo juro por Dios y su Santo Nombre, que no lo he conocido, pero que creo en él, que sí hay secretos y que sí hay ventajas, y que ustedes lo van a ver aquí con sus propios ojos, que se los ha de comer la tierra, que es lo que se llama el inotismo prático y moderno. Hace muy poquito rato que concursé en el Congreso de Brujería de Bogotá, sí señor, y fui uno de esos que con la mirada seduje lo que quise y obtuve un premio, galardón bastante delicado en eso de ser botánico naturalista, mi estimado amigo. ¿Y qué voy a hacer? Lo que les prometí por la prensa, la radio y la televisión hace poquito. ¡No se retire nadie! Pacho Correa, el mago de los culebreros, va a comenzar a demostrales lo que es el poder de nuestra madre, la Naturaleza, lo que es la verdadera botánica. Señores, el orgullo personal mío propio es tener el gusto, la satisfacción de presentales a ustedes al gran culebrero de Antioquia, Francisco Correa, un hombre de misterios y secretos, hombre de verdá verdá, que va a demostrales para que sirve la baba del sapo con el extrato del curare"
3 - VENTA DEL LIBRO DE RECETAS MEDICINALES
Honorable y respetable público: hoy que por primera vez visito esta localidad ya veo personas que estarán diciendo: qué clase de ave rara será este hombre, de dónde viene y para dónde irá. Así dicen las personas que no me conocen. Otros, de seguro, me estarán criticando, pero no liace, yo no hago caso de la crítica. No. Y voy a decirle porqué mi estimado caballero: yo tuve una cuna pobre, humilde pero muy honrada, cuna que se meció al impulso de la religión católica mil veces bendita y por eso digo las palabras de nuestro Amo Santísimo: manu lava manu y molde hace molde, queriendo decir, el ladrón juzga por su condición porque para un hombre ladrón no hay un hombre honrado y para una mujer mala y corrompida no existe una mujer buena.
Para que ustedes amigos míos se enteren les diré quién soy. El hombre que acá se para en esta mal improvisada tribuna es el mismo que anuncia la prensa, la radio, la televisión y la revista Carteles de La Habana. Soy el renombrado botánico y naturalista, el célebre Campanín de las selvas, el hombre que sabe de secretos, hijo de un viejecito que cuenta en la actualidad 119 años de edad. Hombre que sabe dónde estarán lenguali, denguaru, francasu, casamuche, becay y lenguastrey, queriendo decir, palabra indígena, hombre que sabe dónde está la yerba que cura, la yerba que mata, la yerba que emboba, la yerba que enloquece. Las yerbas que nos dan la vida y las yerbas que nos dan la muerte. Soy conocedor de cinco mil plantas medicinales.
Voy a prepararme enseguida para trabajar con el serpiente más peligroso de las selvas del Amazonas, el serpiente capaz de enrollar, apretar y triturar un hombre menos valiente que yo. ¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, dame fuerzas para dominarla! ¿Ya está? ¿Qué cómo las domino, señor? Con los secretos de las yerbas y crea en las plantas. Porque en Colombia tenemos un grave error. ¿Cuál es caballero? Que tenemos en el huerto, en el prado y en el jardín de la casa las plantas pero, usted las coge, las arranca, las pisa, las arranca con el calabazo, el machete o el azadón y si aquellas yerbas pudieran hablar le dirían: ¡insensato, no me destruyas que yo te curo! En cambio ¿qué hace el extranjero? Coge la planta con ternura, como si se tratara de su hijo más querido y se la lleva para los grandes laboratorios del exterior donde la machaca, la envasa y nos la devuelve en píldoras, jarabes e inyecciones que son remedios, sí señor, pero más caros. Porque la gente cree que si los remedios vienen en envases bonitos y con nombres raros curan mejor. No señor. Por eso desprecian al agua fresca del manantial.
Un sabio amigo mío un día me preguntó: ¿Cuál es la mejor bebida? Estábamos en un café y los borrachitos le respondieron, unos que el aguardiente y otro que la cerveza helada. Nos respondió: No señores, la mejor bebida es el agua pura. Por ejemplo, si usted está estítico, yo no sé cómo expresarme para que me entienda, mejor dicho, si va al inodoro a hacer del cuerpo y no puede, puja y puja y se brota en sangre pero nada y así tres o cuatro días sin hacer del cuerpo, no se purgue señor, tome agua pura. Cuatro vasos de agua al día y con eso tiene.
Ahí va mi primer secreto señores. ¿Ven este fruto que se llama sidra? Es el alimento del pobre, lo más barato que se vende en el mercado, lo come el campesino y la gente del pueblo con frisoles. La sidra tiene un secreto: Si usted sufre de una enfermedad llamada el diabetis hágame el favor, dama y caballero, de cogerme la sidra, me la pela, me la pone a licuar y tómese esto por las mañanas mezclado con unas ramitas de apio. Hágame esto durante varios días y se cura, señor, porque la salud es Nuestro Amo Santísimo en los cielos y plantas medicinales en la tierra.
Va mi segundo secreto, señores: ¿Cómo se cura el asma? Como la hacía el indio en la selva que cogía el animalito que llamamos armadillo o gurre, comía su carne que es un gran alimento y se bebía su sangre y con ella se curaba del ataque del asma de pecho. Secretos de los indios mi estimado compadre. Cuando la india se encontraba en estado de pirimpin, embarazada, le daba por comer tierra o comer cal, por aborrecer al esposo o aborrecer al vecino, cogía un pedacito de concha de gurre, la raspaban y se lo daban a tomar a la india y le desaparecían los ascos, ¿Y cómo curaban nuestros abuelos el ataque de orina? Cogían un animalito que llama el grillo negro, lo tostaban y se lo tomaban con agüepanela y se curaban. Señores, ahí van tres secretos.
Voy a enseñarles señores otro secretico y a nadie le voy a cobrar nada. Si tienen en la casa un niño con tos ferina, no lo deje morir, amigo. Porque hay padres que no saben qué hacer y cuando el niño se muere ponen las manos al cielo y exclaman: "Bendito sea Dios, un ángel más para el cielo". La fe te salva, dijo Jesucristo, pero también dijo: "ayúdate que yo te ayudaré". Hay un astro que se llama sol y trae la luz del día. Este astro ilumina en la ciénaga y en el arenal donde está la espada para combatir la muerte. No deje morir a su criatura porque los hijos de los humildes son los soldados de la patria mañana. Vea mi secreto: hay una yerba que ustedes bien conocen porque la colocan en sus casas amarrada, prisionera de la buena suerte. Se llama la penca sábila. La penca de sábila se mete al rescoldo, se calienta y los cristales se revuelven con la carnosidad del mango maduro, mézclelos con miel de abejas y tres cogollos de guayabo agrio y dele este bebedizo al enfermo que sufre de tos ferina o de asfixia, se acordará usted toda la vida de los secretos de este humilde servidor.
Hay gente que se me acerca y me dice: Usted que vende pomadas tan buenas véndame una para las manchas de la cara. La cara manchada no se cura con
pomadas, porque el mal viene de adentro, es el estómago enfermo, sucio. Mejor consígase una planta llamada llantén, macháquela y tome el zumo revuelto con jugo de limón en ayunas. Ha habido gente que ha hecho este tratamiento durante cuarenta días y se han salvado de operaciones, pues se han curado de úlceras gástricas y estomacales.
Hay quienes parecen perezosos sin serlo, lo que pasa es que llegan al trabajo, empuñan la herramienta, pero al agacharse ay, ay, ay, ay, ay un terrible dolor en la cintura: son los riñones. Consígase una planta que se come el ganado y que se llama pasto micay, otra que se llama dentiaguja con los cabellos del chócolo.
Cocine todos los ingredientes y tómese diariamente unas bebidas y se acordará usted del secreto que le dio este humilde servidor.
Dobus qui nobis sacramentus mirabilis cancinem memoriam reliquistis. Latín, sí señores, porque yo estuve en el seminario pero me echaron porque tuve una enfermedad: me gustan más las mujeres que los hombres, mi estimado señor, y perdóneme que sea franco porque yo veo acá a muchos de mis hermanos que dicen dizque son muy machos porque pelean con 7 u 8. No es macho, señores, el hombre que pelea con 7 u 8. ¿Saben quién es macho, caballeros? El hombre que no se doblegue ante las caricias de una mujer. Porque mire señor: yo conozco hombres casados que llevan nueve años desposados y la señora, durante todo ese tiempo, acariciando un perro, abrazando un gato, jugando con una muñeca de trapo. Y si de pronto tiene un hijo, se parece más al vecino, se parece más al patrón. Vean mis secretos, señores, para curar la impotencia: hay un árbol que se llama ciprés y que también le dicen pino, coja doce botones de pino, tres cogollitos de guayabo agrio y una fruta del Brasil que se llama nuez moscada. Raspe media pepita de nuez moscada, machaque los doce botones de pino y póngalos a cocinar, écheles miel de abejas y prepare un jarabe y se toma dos copitas diarias y vea señor, esto lo vuelve fuerte, más fuerte que el hombre Hércules de la mitología griega. Ya no necesita que el gallo vecino cante porque en su casa ya hay gallo que canta. Usted antes se iba a subir al papayo a comerse la papaya madura y, cuando iba a medio palo, caía fritao. Ahora no, porque esto le da potencia, esto le da berraquera mi estimado señor.
Voy a enseñarles a ustedes otros de mis secretos. Yo vivo señores en la ciudad de Medellín como antioqueño que soy y en mi casa hay un aviso que dice: Se compran y se venden yerbas. Allá llegan a cada rato las personas con los bultos llenos de barbasco, quina y el romero. ¿Y qué hace usted con el barbasco y la quina y el romero? Cojo las yerbas, las machaco y las pongo a cocinar en una vasija grande y con otros ingredientes secretos preparo una receta especial. ¿Y para qué sirve? Las personas casadas pueden prestarme su atención y el cochino puede retirarse porque voy a hablar del aseo personal. Hay personas que se pasan la peinilla por el cabello y les queda enredada una cosa que parece viruta, aserrín de carpintería, el cabello se les cae por manotadas, esto se llama caspa voladora, caspa trementinosa. Hágame el favor caballero, váyase al baño, échese agua fría y enjabónese bien la cabeza, una vez que se haya enjabonado me coge pasta que yo preparo y con su espuma se da un pequeño masaje por toda la raíz del pericráneo, luego se me seca bien el cabello y no se me unte nada más, con esto tiene para curarse la caspa. Conozco muchas personas que llegan a un baile, sacan a la señorita a bailar una pieza y al momentico ella dice: Vea caballero no puedo seguir bailando con usted. ¿Sabe qué sucedió? Que cuando el señor levantó el brazo para arriba
cayeron de los árboles privados los gallinazos. Esto es lo que se llama grajo o chucha. Hágame el favor de bañarse y úntese este preparado y seguro que la chucha tiene que irse a comer las gallinas del otro gallinero. Hay personas que se quitan las medias y la cotiza o el alpargate y los ratones salen en desgracia porque hace estornudar un muerto. Esto es lo que vulgarmente se llama pecueca. Lávese los pies, séquelos y aplíquese mi preparado. Se acordará usted de su eficacia. No solamente esto, señores, veo muchas personas por acá que se meten las manos en los bolsillos y se la pasan cazando tiras del calzoncillo, rascan por los lados de Copacabana, rascan por los lados de Girardota, rascan por Guarne y entre más rascan más ganas les dan de seguir rascando porque el comer y el rascar el trabajo es empezar. Esta es una enfermedad que se llama alegría en Cundinamarca, cutu cubano en el Ecuador y aquí en Antioquia le decimos carranchil. Váyase al baño, enjabónese con mi producto y santo remedio, se acordará usted de su eficacia.
Pero señores, volvamos a las yerbas porque hoy no traje el jabón de barbasco y quina. Ah benditas yerbas y plantas que nos dejó el Señor en su infinita bondad para que venciéramos las enfermedades y los males. Vean ustedes caballeros. El aguacate sirve para los pulmones, su pepa sirve para las almorranas, la cebolla sirve p’al cerebro y p’al estómago, la lechuga pa’ dormir, el limón desinfecta y sirve p’al estómago, pa’ la vista y p’al dolor de cabeza.
Y ahora voy a hablar del ser más bello, del ser más querido que hay en la tierra: la mujer. Usted bien sabe, caballero, que el palacio de un rey no se adorna con diamantes ni con esmeraldas sino con una reina, con una mujer. Porque mujer es la madre del rey, la madre del presidente, mujer es nuestra esposa, mujer es nuestra hija. Dios lo comprobó colocándole aquel galardón a María Santísima. Pero yo conozco hombres que llegan a la casa y porque la señora está de mal genio la cogen del cabello y barren la cocina con ella. "No lastiméis a la mujer ni con el pétalo de una rosa".
Desventurados, no comprenden que aquella mujer padece enfermedades que nosotros los hombres desconocemos y no padecemos. Se llaman enfermedades de madre. Flujos blancos, cancerosos, hemorragias complicadas cuando viene el período que llega adelantao o atrasao y sienten una tristeza enorme y deseos de llorar.
Conozcan ustedes los secretos de la altamisa, la savia amarga y la ruda de Castilla, pero señores no le hablo más. Más bien voy a entregarles a ustedes unos folletos que traigo donde están explicados todos los secretos de las plantas de la Madre Naturaleza pero, díganme claramente, ¿les interesa o no les interesa? Gracias señores por su confianza. Me perdonan pero no traigo gran cantidad. Este folleto contiene 125 secretos de cómo se cura una hernia, cómo se cura una quebradura. Por ahí estoy oyendo decir a un señor: yo quiero saber cuál es el chalique, el antimonio, el cacao sabanero. Lo que se llama chalique o cacao sabanero es una planta que se llama borrachero. Hagan el ensayo: consíganse un pepino de borrachero y le abren un hueco donde le introducen un grano de mazorca, déjenlo adentro cinco minutos, tírenselo a un ave de corral y se priva, déjenlo veinte minutos y el ave de corral se muere. Porque hay plantas que curan y plantas que matan, sí señor. Es tan sabia la naturaleza que hay árboles que dan fruto y árboles que no lo dan, y tierras benditas y tierras que no sirven para nada, hay piedras que dan oro, diamantes y esmeraldas y otras que no dan nada. Eso nos lo da Dios para que nos demos cuenta de que existe el bien y el mal. Sí señor.
Este librito tiene ciento veintisiete fórmulas. Si se las cobrare barato, a peso cada fórmula, darían ciento veintisiete pesos porque yo soy pobre como nadie es y no tengo fábrica de papel ni tengo tipografía. Pero voy a ser generoso con ustedes. ¿Saben qué voy a hacer, caballeros? No me den treinta pesos, no me den veinticinco, ni me den veinte, ni me den quince.¿Saben qué voy a hacer , caballeros? Voy a cobrarles únicamente la porquería de diez miserables cochinos billetes de a peso. Para el que tenga fe y crea en Dios, crea en las yerbas y crea en las plantas, sí señor. Tengan la plata en la mano todas las personas que lo vayan a comprar porque el profesor Campanin sólo dará una vuelta al ruedo. Una acá para la señora, otra allá para el señor y otra para el caballero, mil gracias señores. Tengan la plata lista y en la mano porque no traigo cargas del libro, sólo pocos ejemplares. No se muevan de su sitio que ahora va a empezar lo mejor. Una acá para la dama y otra ustedes del gran botánico y naturalista Campanin de las selvas, hombre de secretos y misterio. Se están acabando los folletos porque lo bueno no dura. Uno acá para la anciana, otro para el joven, mil gracias. Que nadie lo lleve por lástima. Quedan únicamente tres folletos, esto se acabó amigos y recuerden que hay yerbas que curan y yerbas que matan, yerbas que emboban y yerbas que enloquecen.
4- TRABAJA EN EL ASTOR
Me coloqué con don Enrique Weiss, el fundador de la confitería y salón de té Astor. El había llegado a Medellín a trabajar con galletas Noel pero pronto se aburrió y montó su saloncito con unas laticas que tenía. Me tocaba hacer los helados en una máquina que se voltiaba. Además salía a llevar bizcochos a El Poblado, Envigado y al Club Campestre. Me acuerdo que cuando vino a Medellín el doctor Olaya Herrera, por los años 30, don Enrique hizo un bizcocho muy grande y muy bonito para él. Yo llevé el bizcocho, a mí me tocó partirlo. Tenía el escudo de Colombia y una tarjeta en pasta que decía: Bienvenido Señor Presidente e la República. A Olaya le gustó mucho y me dio veinte pesos y le mandó 50 más al Míster, quien dijo: no estar pidiendo limosna y devolvió la plata conmigo. Yo me quedé con todo el dinero.
Me ganaba 10 pesos mensuales libres porque la comida la traían del Club Unión, y nos la daban ahí.
Tenía 15 años y ya me gustaba mucho el trago. Las propinas y el dinero que recibía me lo tomaba por las noches en Guayaquil. Empecé a tener problemas con don Enrique por la bebedera. Yo entraba borracho a trabajar y por eso me hacían la guerra. Duré como dos años y, finalmente, don Enrique me botó por borrachito. Me hizo firmar un papel que decía que salía por voluntad propia pero, la verdad, es que él me echó. Mientras estuve en el Astor aprendía a hacer unas repollitas fritas. Cuando me echaron, me fui para la Calle del Codo, donde un viejito que vendía café con leche en unas ollas. Le cuidaba la tienda por la noche y, mientras tanto, hacía en una hornilla las repollitas que salía a vender al otro día en el Parque de Berrío con el nombre de Salvavidas. Creían que estaba loco porque salía con un paraguas al que le ponía una bandera y todo el mundo se quedaba viéndome y, entonces, empezaba a anunciar las repollas: Salvavidas, el bocado rico
y sabroso de la vida; el morrocotudo remacanudo archicolosal y pistoletudo; miles y millones de paladares exquisitos lo piden, lo anhelan y lo vacilan: ¿Por qué será? Por su alta calidad que está que dicen: vení coméme ligerito antes de que me coma otra, el bocado predilecto del embajador que también apetece el embolador; Salvavidas sabrosito.
La gente se peliaba por comprármelas. Yo acababa rápido el surtido, eran una bolas grandes que vendía a centavo. Pero ganaba muy poco. Un día pasó don Enrique, el dueño del Astor, y me vio vendiéndolas. Me asusté y traté de esconderme pero me llamó y me llevó a la bizcochería. Esos suizos son buenas personas. Me preguntó cómo hacía los salvavidas y le conté. Me dijo: Creo que usted no gana nada porque yo las vendo a 10 y usted a centavo. Me aconsejó: no le eche mantequilla ni le eche huevo, mejor échele amarillo para darle color y suprímale la nuez moscada que es muy cara. Acepté su consejo y bregué a hacerlas como me dijo.
5- EL DULCE CUBANO
Preparaba unas torticas de dulce a base de harina de trigo, nuez moscada, raspado de corteza de naranja, azúcar y canela. Las amasaba con la mano y las echaba a freír. Las bauticé El dulce cubano. La gente me llamaba el loco porque salía a venderlas en un cajoncito con banderines y un vestido extravagante, y una sombrilla de colores chillones. Así llamaba la atención de las gentes, iba pregonando: Dulce Cubano, rico, sabroso, morrocudo, remacanudo, pistoletudo. Miles y millones de paladares exquisitos lo piden, lo anhelan y no vacila. ¿Por qué será? Por su alta calidad. Está que dice: Vení y coméme ligerito antes que me coma otro. Bocado rico y sabroso del embajador que también apetece el embolador. Lo vendía a centavo y a seis por cinco y se compraba mucho. Al principio me situaba por los lados del teatro Granada, en Guayaquil, donde daban dos películas mudas por cinco centavos. Después, vendía tanto que ya buscaba venteros.
Para anunciarlo también tenía unas hojitas con unos versos que escribió por cincuenta centavos un poeta bohemio que vivía en Guayaquil descalzo y casi siempre borracho:
Si usted quiere estar bien
fuerte, contento y lozano,
consuma el Dulce Cubano
conocido por doquier.
Leche, huevo y mantequilla
son del dulce componentes
todos estos, justamente,
con maizena y con vainilla.
Por eso el dulce cubano
ha triunfado en la ciudad,
pues lo consume, en verdad,
desde el niño hasta el anciano, etc.
Vendía mucho y con lo que ganaba, casi todas las noches, me iba para Guayaquil a tomar trago, oír música en las vitrolas y a estar con las putas. Por las noches llegaba a la pieza del edificio Toro, donde pagaba 7 centavos diarios por dormir y, preparaba el dulce cubano. Una noche estaba tan borracho que no me di cuenta que dentro del sartén habían caído dos ratones, uno grande y otro pequeñito. Al día siguiente vi la grande y la saqué pero quedó la pequeña. Por la mañana llegó un muchacho y me compró dos pesos de tortas y se fue a venderlas. Al rato regresó, furioso, diciendo: Vea, carajo, que casi me mata un ayudante de chofer al que le vendí una torta y encontró una rata dentro. Le contesté: Le debió cobrar más caro porque llevaba carne.
6- LA INFANCIA
Nací en Don Matías, Antioquia, en 1911. Hoy, cuando empiezo a recordar mi vida tengo 66 años.
Mi papá tenía una tienda. Era un hombre muy juicioso. Yo ni me acuerdo de él porque murió cuando estaba muy chiquito. Vestía con camisas de pechera, como se usaba en ese tiempo, ponchito y sombrero blanco aguadeño y un bigote grande que se retorcía. Un tío mío, el cura, conserva un retrato de él, pero como es tan orgulloso lo mandó retocar. Cuando lo vi le dije: Este no es el papá mío, usted lo mandó retocar y quedó de cachaco. Al papá mío lo quiero ver como era: de alpargates, de ruana, poncho y sombrero blanco.
Nunca se tomaba un trago. Recuerdo que yo me chupaba el dedo y él me echaba ají en los dedos para que dejara el vicio. De nada le valía, seguí chupándome el dedo hasta un día hasta un día cuando pasó un boquinche con el labio demasiado partido y hablando muy gangoso y yo le pregunté, aterrao, a mi papá qué tenía ese hombre y me respondió: Quedó así por chuparse el dedo. Ahí dejé el resabio.
Cuando se murió mi papá me tocaron quince pesos de herencia y para reclamarlos tuve que darle 5 a un abogado. Total, me quedaron 10 pesos. A mi mamá le fue muy mal ¡pobrecita! El que se casó después con ella fue pa’ quitarle lo poquito que tenía. A ese padrastro mío lo llamaban La Vaca Brava. Era abuelo de dos curas que publicaron libros sobre la violencia. El padre Blandón Berrío que escribió “Lo que el cielo no perdona” y el padre Gonzalo Jiménez, autor de “Caín nació en Colombia”. Cuando murió mi papá quedó mi mamá con 7 hijos, sólo sobrevivimos dos: mi hermanita que es monja y yo. Del otro matrimonio tuvo dos hijos más, hermanos medios míos, uno que es ahora policía jubilado y su hermana casada. No la vamos bien. El policía en una oportunidad me hizo encarcelar y otra vez me iba a echar bala.
Mi infancia fue muy triste. Mi padrastro no me quería y a todas horas me daba rejo. La pobrecita de mi mamá no se atrevía a decirle nada porque era de muy mal genio. Esa infancia fue de lo más duro que se pueda uno imaginar en la vida. Ya cuando empecé a trabajar, desde muy chiquito, pues desde los ocho años ya sabía yo lo que era trabajar y pagarse uno un almuerzo con su propio trabajo, todo el dinero que recogía él me lo quitaba. Me tenía como a un esclavo.
Yo a ratos me pongo a pensar y digo: Hombre, antes es una gracia ser uno medio algo en la vida. Pues hasta un pájaro necesita alas para volar en la vida y yo no tuve nada. Nunca sentí cariño de hogar, a pesar de ser yo tan generoso con mis familiares. Ni mi abuelita me quería. A esa viejita yo le lambía y no sabía dónde ponerla porque la quería mucho pero yo le caía gordo. Para el resto de sus nietos eran todas sus preferencias y a mí en cambio me ponía a hacer los trabajos más cochinos de la casa, a lavar los chiqueros de los marranos, a llevarles el aguamasa. Mientras los otros nietos los mantenía bien arregladitos a mí me daba la ropa que les sobraba.
Y todo porque ella odiaba al padrastro mío. ¡Como si yo tuviera la culpa! Como si yo fuera el responsable de que mi mamá se hubiera casado con la Vaca Brava.
Yo tengo un tío cura. Antiguamente la familia donde había un cura era muy respetada. Casi en toda Antioquia cuando veían a un cura todos llegaban y se arrodillaban y ¡Ay del que fuera a faltarle en cualquier forma al respeto a un cura! ¡Qué crimen tan espantoso! Yo conocí viejitas en el pueblo de San Pedro, donde vivimos, que agarraban los pantalones que dejaban por viejos los curas y los guardaban como reliquia para venderlos retaciados como escapularios. Mi tío el cura era rico, mejor dicho, en esas épocas se le decía rico en un pueblo al que tenía un par de zapatos o al que tenía un vestido nuevo que sólo se lo ponía los Viernes Santos en la procesión del entierro del Santo Sepulcro, el que tenía cuatro pesos era rico, riquísimo y por consiguiente buena persona. En cambio, el pobre, ese lo voltiaban a ver como una basura y no valía nada y sólo le decía ña Juana, ño Pedro. El rico era Don y podía hacer lo que le venía en gana. Y como mi tío era cura y rico, imagínese lo que podría hacer. Mi madre tenía una casa grandísima que le quedó de mi papá y mi tío se la fue quitando por pedacitos hasta que la dejó sin nada. Le fue pagando con pastillas de chocolate y libras de panela. ¡Y ver eso en la propia familia de uno! De ver esas cosas he vivido como estragao mucho tiempo, porque de la familia nunca recibí poyo. El tío cura sólo me daba la bendición cada vez que me encontraba.
Yo vivía tan desesperao con mi padrastro que un día me fui a buscar al tío Cura que hacía tiempos no venía. Me dijo que lo iban a nombrar cura de Toledo y que si quería me fuera con él. Salimos de Santa Rosa para Toledo, él iba a caballo y yo a pie, decía que era para enseñarme a ser macho desde chiquito. Eso es muy lejos, son como 16 leguas. Creí que no llegaría pues a cada rato sentía desmayarme en el camino, mientras el tío en el caballo no se inmutaba y me apuraba cuando yo disminuía el paso. Por fin llegamos a Toledo. Nunca lo olvidaré.
Me consiguió unos marranos pa’ que yo se los engordara. Yo junté unos pesitos y los domingos salía al mercado con una cajita con unos cacharros pa’ vender. Mi tío se admiraba de lo bueno que era yo pa’ los negocios y cuando se enteró de que ya había levantao 500 pesos con el cajón de cacharros me propuso poner una tienda suya para que se la administrara, y me prometió darme plata para comprar café. Yo estaba muy contento y me hacía ilusiones enormes con lo que me daría de los marranos y lo que ganaría administrándole la tienda y la compra del café. Pero una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando. Vendió los marranos y no me dio nada. Puso la tienda bien surtida pero se la entregó a la maestra
de la escuela que era joven y vivaracha.
Ahí empezaron a dañarse las cosas. Yo le hacía, de pique, pilatunas tontas como las de tomarme el vino de consagrar y cambiárselo por café negro. Él comenzó también a tomarme bronca. Un día estaba comiéndome una mazamorra y unos frisoles en la mesa cuando llegó él de una confesión echándome vainas, diciendo que él matándose para criar tanto vergajo, tanto sobrino. Cogí el plato, se lo tiré diciéndole que no me humillara y me largué. Me vine para Medellín y me puse a vender.
7- VENDEDOR DE PERIODICOS
No la iba bien con mi padrastro porque todo lo que yo ganaba me lo quitaba el viejo, total que un día, pelié con él y me vine para Medellín. Un Viernes Santo me emborraché con aguardiente y sal. Cuando llegué a la casa me encendió a garrote el padrastro, gritándome: Sinvergüenza, emborracharse en un día tan santo. Eso no se hace. Tenga por ateo. No sé si fue que perdí el conocimiento o me dormí. Lo cierto es que cuando me desperté estaba todo adolorido. Decidí largarme de la casa. Le saqué de la cartera 20 centavos a mi mamá y me vine en el tren pa’ Medellín, que costaba 10 centavos
Los primeros días fueron muy duros. Gamineaba en las calles y vivía de lo que podía, limosnita que me daban, comida que me robaba, pequeños mandados que me pagaban. Dormía en los portales y me tapaba con periódicos viejos. A ratos dormía en el Café Vesubio donde trabajaba un muchacho amigo mío. Este amigo, viéndome tan vaciáo, me prestó un peso con cincuenta y me aconsejo que me pusiera a vender periódicos. En ese tiempo se compraba la prensa a 3 centavos y se vendía a 5. Era un buen negocio. Sólo había El Colombiano, El Heraldo de Antioquia de Tobón Quintero, La Defensa y El Correo de Colombia, que era un periódico liberal. Me iba bien con los periódicos. Ya no tenía que gaminiar, ni dormir en las aceras. Siempre he sido muy religioso. Hacía los primeros viernes y me confesaba cada mes. Un día entré a la Veracruz a confesarme con un curita que me preguntó qué hacía yo. Le dije que vendía periódico, me preguntó de qué clase y le dije que todos. Me regañó: No venda El Correo y toda esa otra prensa liberal
porque se condena y queda excomulgado. En fin, el curita me puso a aguantar hambre porque yo, por hacerle caso, no volví a venderlos. Un mes más tarde me fui a confesar nuevamente, pero cambié de Iglesia, y me fui para la de Villanueva. Le conté al curita que yo no había vuelto a vender la prensa liberal porque el curita de la Veracruz me lo había prohibido. Este me dijo: No hombre, vender prensa no es pecao ¡No sea bobo! Usted puede seguir vendiéndola. Y así fue.
Vivíamos en Girardota y vine hasta Copacabana a vender maíz. Estaba muchachito, tenia quizás 15 años. Un extranjero, italiano, se quedó viéndome y me preguntó a dónde vivía, y si quería irme a trabajar con él. Contesté: Señor, tiene que pedirle permiso a mi mamá. Le dije dónde vivía ella y cuando regresé a Girardota encontré que el italiano ya había llegado y se había ido a pie por la loma hasta la casa. Y le echó el cuento a mi mamá y al padrastro diciéndole que me traía a trabajar en Medellín en un almacén que tenía. Ellos me dijeron: Bueno, váyase mijo. Y me fui con el italiano. Me trajo a Medellín, descalzo, con un pantaloncito pica pollos a media pantorrilla, yo estaba muy pelaito y era muy bobo.
Me monté en ese tren por primera vez, lo más contento sintiéndome dentro de ese aparato. Al principio, me parecía que el tren no andaba, que lo que se movía eran los árboles, la carrilera, las casas, y yo todo asustado, no preguntaba nada pero pensaba cómo harían para moverse tan rápido las cosas y los árboles. Sentía alegría y miedo al mismo tiempo y, mientras tanto, venía comiendo hojaldres y golosinas porque el italiano no sabía qué hacer conmigo para complacerme.
Cuando llegamos a Guayaquil en Medellín ¡qué cantidad de coches de caballos! Yo me asusté, estaba todo aterrado viendo una ciudad tan grande y con tanta gente.
En las vitrinas de los almacenes veía figurines y creía que eran personas de verdad sin entender cómo demoraban tanto sin moverse. Me quedaba con la boca abierta viendo a los muchachos montar en bicicleta y observando tantos coches de caballos, edificios, vitrinas, luces y tranvías, que no me explicaba cómo podían moverse sin tener caballos que los arrastraran.
Yo que venía del campo y era un montañero descalzo, me asombraba de ver tanto cachaco de sombrero y bastón, elegantísimos, llamados filipichines y tantas mujeres tan bien arregladas. Los avisos luminosos me impresionaron mucho, sobre todo los de los cigarrillos Dandy, Victoria y Pielroja. En la plaza Guayaquil vi un culebrero, vestido con pieles raras, que tenía enrollada una culebra y hablaba en voz alta, mientras toda la gente lo miraba asombrada haciéndole un corrillo que lo tapaba. Me gustó tanto que juré que algún día sería culebrero. Yo caminaba atrasito del italiano, cerquita de él para no perderme. Y era echando ojo pa’ todos lados, asustao, cabriao. Viendo yo ese gentío y toda la gente bien vestida me sentía como acomplejado por las mechitas (ropas) con que yo venía del campo. Pero, de todas maneras, pensaba en lo bueno que era conocer todo eso y me sentía muy contento al lado del italiano.
El italiano me llevó cerca de la plazuela de San Ignacio a un hotel. Ahí mismo fuimos a una barbería y me hizo arreglar, peluquiar y dar en la cara un masaje y me echaron loción. En seguida, me llevó a un almacén y me compró un vestido y ropa interior y me hizo un baño. Yo salí lo más titinito que usted pueda imaginarse.
Tenía ganas de hacer del cuerpo, mejor dicho, cagar, pero no me atrevía cuando entraba a esos baños tan limpios y tan bonitos. Varias veces entré y volví a salir sin hacer nada, hasta cuando las ganas fueron tan grandes que no resistí.
Después me llevó p’al circo España. Era una casa grande que servía para corridas de toros, teatro y cine. En la mitad del redondel de la arena habían colocado un trapito blanco colado con cuerdas. Dieron una película que se llamaba Benhur y otra de vaqueros. Apagaron la luz y empecé a ver que del trapito blanco salían trenes echando humo, vaqueros e indios peleando. Yo estaba aterrado y me preguntaba ¿señor, qué cosa rara es eso.
Cómo hace ese ferrocarril para pasar por ahí? Yo seguía pensando y pensando cómo pasaba ese ferrocarril echando humo, y esas quebradas botando agua, y esos hombres peleando, y todo eso dentro del trapito blanco. Yo pensaba: es magia. Pero la magia me la fue a dar el italiano por la noche en la pieza del hotel. Después de la función nos fuimos p’al hotel, ahí me pasó un cepillo para que le limpiara unos paños que tenía.
Me preguntó: ¿Vamos mañana para Rionegro en el tranvía? Era que subía por Guarne y se llamaba Tranvía de Oriente. Me puse muy contento.
Entonces nos sirvieron la comida y yo no sabía comer con cubiertos porque estaba enseñado a comer con la cuchara de palo. Pero, yo voltiaba a ver cómo comía el italiano y entonces cogía el cuchillo y cortaba como él. Me dijo: el cuchillo es con la derecha. Porque como yo zurdo yo no lo cogía con la derecha. Después de la comida fuimos a dormir. Me acosté en la misma cama con él pues sólo había una y me quedé dormido. A media noche desperté porque sentí que él... trataba de comerme. Yo era tan sano que no entendía y me quedé pensativo. Y volvía el hombre a intentar darme por detrás; amenazándome, me decía ¡Quitecito ahí!
Yo, todo aterrado, pensaba qué hacer. Le dije: Yo sí me dejo pero permítame ir al baño que me dieron ganas de hacer del cuerpo. El me dejó salir, porque el sanitario estaba fuera de la habitación, y me escapé para la calle, aburrido, desesperado, sin conocer nada y muerto de frío. Pasé la noche encurruñao en un zaguán, esperando que amanecería pa’ arrancar pa’ mi casa como fuera. Amaneció.
No tenía 5 centavos. Salí y fui cogiendo toda esa carretera abajo, preguntando: ¿Por aquí voy a Bello? Y me decían que sí y seguí caminando pa la casa. Cada ratico voltiaba a mirar pa’ atrás y si veía que venía un carro o un cliente cachaco, me parecía que era él y corría asustado.
Llegué a Bello. Pensé: El Padre es el único que puede ayudarme, me fui pa’ donde el curita, le conté mi historia, que venía de Medellín a pata y estaba varao. El cura me dio diez centavos.
Me fui pa’ un hotel y le pedía a la señora una tacita de chocolate de 5 centavos. Un señor que estaba comiendo le dijo: vea, no me le dé al niño un chocolate, démele una comida que yo la pago. Me sirvieron un plato de frisoles y mazamorra y me quedé con los diez centavos. Ese mismo señor pagó la pieza para que yo durmiera (10 centavos). Al otro día tempranito, compré el tiquete para Girardota con los 10 centavos que tenía. Yo iba con la mecha nueva (ropa) porque los pantalones picapollos los había dejado botados en el almacén cuando el italiano me compró los nuevos. Iba descalzo pero con un vestido nuevo, muy bonito. Me subí al tren que estaba para arrancar y en ese momento, se le cayó el sombrero a un pasajero. Me pidió que se lo recogiera y me bajé. Vea hombre, lo que es la humanidad de corrompida, de mala: Cuando me bajé a recogerle el sombrero, otro lo había cogido y se lo llevó corriendo, yo corrí detrás, sin alcanzarlo. Cuando me devolví ya el tren había arrancado y me quedé en la mitad de la carrilera con la cara fría, pensando: Virgen Santísima, ¿qué voy a hacer ahora? Me fui a pie muy triste hasta Machado donde vi una señora que vendía fritos en un puestico. Me quedé mirándola, muerte do hambre, y le pregunté a qué horas pasaba el tren. Me contestó y le conté lo que me sucedió. Me dijo: No se preocupe que con ese tiquete puede subirse en el próximo tren. Viéndome la cara de hambre me dio desayuno de chocolate con arepa y quesito. Agradeciéndole, le dije que le ayudaba a abarrer, cogí la escoba y me puse a barrerle. La gente era mucho mejor antes que ahora. Llegó el otro tren y me subí. Más adelante pasó un señor pidiendo los tiquetes. Le mostré el mío y dijo: Este tiquete ya está perforado. No sirve. Le expliqué lo que había pasado pero no hizo caso. Pararon la máquina y me bajaron. Quedé yo más aburrido, en la mitad de la carrilera, en puro campo, lejos de todo. Cómo sería mi rabia que cuando oía venir un tren le ponía piedras sobre los rieles, de la furia, pa’ que se descarrilara y me escondía. Pasaba la máquina y lanzaba lejos las piedras sin que le pasara nada. Y yo furioso. Seguía caminando oía otra máquina, volvía a ponerle las piedras en los rieles. Y nada. En fin, por la noche llegué a la casa, a pura pata. Ahí mismo me abrieron la puerta saludándome. ¿Mijito, qué tal? ¿Cómo le fue por Medellín y por qué se vino? Yo me aburrí, mamá, ese italiano sí fue muy formal conmigo, al principio, y me dio ropa pero, por
la noche cuando me fui a acostar con él me hacía como a una mujer. El creía que yo era una mujer. Mi mamá se quedó callada.
Después me puse a contarle todas las cosas extrañas que había visto y le dije: Cómo le parece mamá que me llevo a un teatro, que era una casa muy grande, donde había un trapito blanco de donde salían trenes echando humo, vaqueros e indios montados a caballo y peleando. Ella, asombrada, preguntaba: ¿Mijito y usted no se agachó para ver qué había por detrás? Yo si bregué, mamá, pero no pude ver nada. Ella me dijo: Eso es seña de que el mundo se va a acabar, mijito, porque están habiendo tantas cosas raras que, según dicen, es que va a nacer el Anticristo. Si mijito. Porque de un trapito blanco no pueden salir trenes echando humo, ni vaqueros e indios peleando a caballo. Eso es que viene el Anticristo.
8 - VENDEDOR AMBULANTE EN MEDELLIN
Vendí de todo. Repartía frescos por la calle en un carrito que me alquilaban a diez centavos diarios. Vendía raspaos de hielo.
Después vendí lotería de Medellín a 30 centavos el pedacito, cinco pedazos que ganaban cinco mil. Un señor Roberto González me daba los billetes, porque no tenía con qué comprarlos, y la tercera parte de la ganancia era para él. Tenía que devolverle los billetes no vendidos una hora antes del sorteo. Un día le devolví un billete que resultó ser el gordo premiado. Don Roberto se puso muy contento y ofreció darme para unos tragos al día siguiente. Fui muy contento y el sacó el monedero y me dio 50 centavos. Quedé muy picao pues esperaba que me diera 100 o 200 pesos. Entonces le pedí bastante lotería al fiado, 200 pesos en billetes de todas las rifas.
Los vendía y con la plata me fui pa’ los lados de Guayaquil, jugué a la lotería con unas viejas, me emborraché y gasté el dinero con las putas. Me había llevado un muchacho para que me sirviera de testigo. Alquilamos una pieza pa’ dormir en Guayaquil; por la noche me levanté y boté mi carrielito. A la mañana grité: me robaron. Llegó la policía, agarró a unos sospechosos y me fui a poner el denuncio. En ese tiempo doscientos pesos era mucha plata. Llamaron a don Roberto y me preguntaron cómo iba a arreglar con él. Contesté: Yo soy muy pobre pero muy honrao y le quiero pagar, yo le voy pagando de contaitos. Aceptaron y como a los quince días un contao de un peso y él me dio un recibo. Entonces ya el asunto quedó como una deuda consentida. Otras veces de tarde en tarde fui a llevarle uno o dos pesos, hasta que el asunto se fue olvidando.
Después me conseguí un cajoncito y los surtí de cigarrillos, fósforos y confites. Tenía por ahí unos 15 años. Mi capital eran 5 pesos con los que compraba tres cajetillas de cigarrillos Dandy que valían 25 centavos, 3 cajetillas de cigarrillos de tabacos y una caja de chicles que valían 80 centavos, unas Colombinas averiaditas que me las daban baratas y recortes de galletas Noel. Vendía mis cigarrillos por los lados del teatro Granada y por las noches vendía en el Parque de Berrío hasta cuando guardaban el último tranvía. La dormida me la daba un viejito que vivía en la Calle del Codo, arriba de la Gobernación, ahí tenía un cuchito donde vendía café con leche, chocolate y empanadas. Yo amanecía ahí con el viejito. Así me la
pasaba todos los días, caminando con mi cajoncito terciado de una correa y gritando: Cigarrillos, fósforos, cigarrillos.
Esa fue la época en que me gané las seis loterías, es el recuerdo más feliz de mi juventud. Seis rifas y cada una valía 5 pesos.
Resulta que vendían unos fósforos de palo en la cacharrería Mundial y por cada cuarto de resma de fósforos que uno compraba daban una boleta para rifar 5 pesos. Cada vez que vendía mis cigarrillos y mis fósforos iba a reponer mi surtido y me daban la boleta de la rifa. Yo he sido muy comeladrillo, muy religiosos, y un día que salía de la Veracruz de rezarle a la Virgen del Perpetuo Socorro, me dijo un amigo: ¿Qué la boleta de la Cacharrería? Me acuerdo mucho que le dije: 1111. Me contó que me había ganado la rifa. Creí que eran mentiras, que estaba charlando. Me ofreció 4 pesos por la boleta. No acepté y me fui para la Cacharrería y veo en la vitrina: Número 1111. Qué alegría tan mierda, hombre ¡CINCO PESOS! Compré un cirio de cuarenta centavos para sobornar a la Virgen, pa’ lamberle, me
arrodillé y le dije: Virgen Santísima, Virgen Bendita que me socorristes!
Con el resto del dinero puse ese cajón lo más bonito. Compré otro cuarto de fósforos y me dieron otra boleta. A los 18 días me gané otros cinco
pesos. ¡Ay qué alegría! Esa fue la alegría más enorme de mi vida y otra
vez cirio de 40 a la virgen. Y ese cajoncito mío lo surtí tan bien que
parecía un rosario, muy bonito: cigarrillos bien ordenaditos y hasta
americanos Chester y Filis Morris que en ese tiempo valían 25 centavos. En
fin, así seguí ganando hasta que completé cinco seguiditas de a 5 pesos
que eran 25 pesos, y no seguí ganando más porque no me volvieron a vender
boletas. Increíble mi suerte. Me dijeron: La mentamos mucho pero no le
podemos dar boleta, sí vendemos los fósforos pero sin boleta, entonces, yo
mandaba a otro muchacho para que le dieran a él la boleta.
Me gustaba demasiado el trago y las putas y como ya tenía mis pesitos me
iba por las noches pa’ Guayaquil donde creían que yo era riquito porque
todas las noches iba y me emborrachaba en los cafeses donde ponía discos
(Pajarito Cantor, Luna de Arrabal). Cuando las coperas me veían llegar se
ponían contentas porque como me creían rico, les gustaba y yo, pa’ sostener
la caña, era generoso con ellas y todos los centavos que ganaba en el día
se quedaban por la noche en los cafés de Guayaquil. Claro está que ya me
había comprado mi primer par de zapatos porque antes yo andaba descalzo, a
pie limpio y de pantaloncito corto. En realidad los primeros zapatos me
los había dado mi tío, el cura, pero me maltrataban mucho porque tenía los
dedos llenos de niguas. Entonces, compré de contados unos zapatos en el
almacén Argelino de Guayaquil. Costaban 1.50 y yo pisé el negocio con 10
centavos y continué dando de a 5. Yo estaba muy contento porque ya tenía
un par de zapatos y cuando ya completé un peso llevaba a mis amigos y con
orgullo les mostraba los zapatos que estaban exhibidos en la vitrina y les
decía: Vea hombre los zapatos que estoy pisando. El día que acabé de
pagarlos y me los puse me fui orgulloso pa’ Guayaquil y me emborraché.
Por ahí por Guayaquil me levanté una vieja que tenía como ochenta años.
Ella doblaba tabaco y yo vendía periódicos. Me daba la dormida y cuando yo
llegaba por la noche ella no sabía dónde ponerme de la felicidad. Me
preparaba comida y descolgaba dos sillas mecedoras que mantenía con unas
cuerdas en el techo de la pieza pa’ sentarnos y mecernos. La viejita sacaba
un cofre que tenía con alhajas y comenzaba a ponérmelas todas a mí
diciendo: A ver cómo quedas. En ese entonces yo era medio bobo y sólo me
limitaba a verlas y a pensar y decir que eran muy bonitas. Un día le conté
a un tío quien me aconsejó que no fuera bobo y le echara mano a uno de los
anillos que en ese entonces valían no menos de 15 o 20 pesos. Así fue, me
le llevé dos. Ella debió darse cuenta pero, por temor de perderme, nada
dijo.
Un día me propuso que nos casáramos y yo acepté. Entonces me llevó donde
el sastre para que me hiciera dos vestidos de paño, de esos con pantalones
embombados hasta más abajito de la rodilla y se colocaban con media negras
largas. Me sentía tan elegante con mis vestidos nuevos. Nos fuimos a la
Iglesia de la Veracruz, donde un padre Henao, y la viejita conversó
primero con él y al terminar preguntó el cura: ¿Y dónde está el novio? Me
adelanté y respondí: el novio está aquí. El cura me miró de arriba abajo y
volviéndose a la viejita la regañó: Vieja sinvergüenza, andá